Quedamos en la residencia El Punto temprano, con las mochilas apunto. La puntualidad no es una constante en Chile la cual cosa, como sabréis, me acomoda; tampoco va a serlo en este viaje.
El grupo está formado básicamente por disidentes ibéricos separatistas: Paul, Itziar, Diana y Jone de Euskal Herria; María y Aina de Menorca; Eva de los Países Catalanes. Así como otros sujetos rebeldes: Nick, brigadista internacional Australiano; y el que os escribe, ciudadano del mundo.
Hora punta. Centro de Santiago. Av. Manuel Rodríguez, uno de los ejes viarios principales de la ciudad. Uno de los autos se cala y es imposible volver a arrancarlo: la batería está totalmente agotada. Después de batallar por teléfono con la compañía de alquiler, esperamos una hora (en medio de la avenida de tres carriles) a que nos traigan otro Corsa de repuesto (que más tarde bautizaremos con el nombre de la Cucaracha), bajo la curiosa supervisión de los carabineros e increpaciones de nerviosos conductores.
La Ruta 5 o Panamericana, es la autopista-carretera que atraviesa Chile (y de echo todo el continente americano) de norte a sur. En Chile todo pasa por ella, no hay otras rutas paralelas. Cerca de Santiago la autopista esta en mejor estado, pero hay numerosos peajes.
La Ruta 5 nos lleva a la costa, y paramos en la Playa de los Molles, cerca de Pichidangui, a comer unos bocadillos de tortilla de patatas que había preparado Mama Jone la noche anterior.Durante el trayecto puedo disfrutar del placer de conducir el Yaris (al que llamamos el Supercoche) después de tanto tiempo sin tocar el volante, y por una carretera tan mítica, llena de rectas, por paisajes de playa, áridas colinas y desiertos. Es genial.
Finalmente, llegamos tarde a Copiapó, pequeña ciudad dónde el padre de Gerko (un chileno del Punto) nos había conseguido un hostal barato. Cenamos pan con embutido y nos vamos a dormir.
Nos levantamos más tarde que temprano, desayunamos en un bar en el centro de la pequeña ciudad dónde quedamos intrigados cuando nos ofrecen huevos en paila (a pesar del esfuerzo de la casera, no conseguimos averiguar qué son las pailas). Vamos a comprar provisiones al supermercado. Hacia las 12, finalmente emprendemos la segunda etapa dirección San Pedro.
En la noche solo vemos un pueblucho con calles sin asfaltar ni nada parecido, cerradas por muros de adobe de las casas, metemos los coches por una calle peatonal, los atacameños flipan, y la Cucaracha casi se come una farola, pero llegamos al Hostal Vilacoyo. Esa noche tenemos que dejar los coches en la calle, cosa que no nos hace ninguna gracia. Nos vamos a dormir enseguida, estamos hechos polvo.
Nos levantamos tarde y después de la ducha vamos a desayunar al Coyote Bar. Descubrimos que son las pailas (sartén). Nos ponemos las botas de panqueques, tortillas y huevos en pailas. Hacia las 12 salimos a recorrer el pueblo con algunas misiones: comprar un mapa decente, informarnos sobre las actividades que queremos hacer, comprar provisiones. Finalmente, de forma asamblearia (como no) conseguimos organizar el planning.
Después de comer salimos hacia el Salar de Atacama y la Laguna de Cejar. Al salir del pueblo contemplamos un tornado de arena que atraviesa la carretera en frente nuestro. Seguimos por la carretera hasta encontrar la pista que nos ha señalado el jefe del Bar Coyote. En todas las agencias nos han advertido que para pasar por ella necesitábamos un 4x4, ya que con un turismo normal podíamos quedar enterrados (después entendemos que se referían a que las ruedas quedaran encalladas en la arena, aunque por algunos momentos pensamos que las arenas movedizas se iban tragar el coche entero). En algunos momentos críticos parece que nos vamos a quedar, pero finalmente conseguimos pasar.
Tokonao es todo lo contrario que San Pedro, es un pueblo de agricultores y trabajadores autóctonos, sin ningún ápice de turismo, que reivindican su reconocimiento como Comunidad Ancestral Lickanantai (atacameña) de Tokonao. Por eso al pasear por sus calles, en bañador, abrigados con las toallas (pues empieza el frío de la noche), la gente nos mira alucinada; aún más cuando nos colamos en una fiesta en la escuela pública. Aún así aprovechamos la oportunidad para ver la iglesia (con música ritmo reguetón), comprar en la pulpería (tienda de comida) mucho más barato que en San Pedro, y echar unas fotos en la garganta del río que pasa junto al pueblo, antes de que acabe de ponerse el sol.
4 de la mañana. En este momento sentimos claramente la amplitud térmica del desierto: hace frío. Y va a hacer mucho más cuando estemos a casi 5.000 metros de altura.
Llega la furgoneta con Andrés, el guía que nos llevará a ver los Géiseres del Tatío. Después de unas vueltas por el pueblo (suponemos que está llevando algún tipo de trapicheo con sus familiares mafiosos), la furgoneta recorre a toda pastilla las pistas rurales ascendiendo hacia la cordillera, adelantando las furgonetas de otros tours, por las vertiginosas curvas. En unas 2 horas ascendemos unos 2000 metros, aún así solo María nota el mal de altura, pero logra recuperarse. De todas maneras, al bajar de la furgoneta notamos la falta de oxígeno al respirar. Nos estamos congelando, debemos estar a unos 5 grados bajo cero, aún así no faltan gringos en chancletas y pantalón corto.
El origen está en un acuífero que atraviesa muy cerca del Volcán Tatío, en un punto caliente de la corteza terrestre. Los sustratos volcánicos impermeables, hacen que el agua, sometida a alta presión y temperatura, solo pueda emerger por un sistema de fallas que afecta a la zona.
El motivo de la salida tan temprana, es precisamente que el frío de la noche hace disminuir la presión atmosférica permitiendo a los géiseres emerger a más presión. El paisaje es único: columnas de vapor y agua, el sonido de agua borboteando, charcos de matices imposibles producidos por las bacterias termófilas e hipertermófilas, (turistas por todas partes,) incluso los restos de una máquina de aspecto cyberpunk que en la década de los 70 fue utilizada para intentar explotar sin éxito la energía geotérmica de la zona. De hecho, éste mismo septiembre de 2009, la empresa Geotérmica del Norte, a pesar de las advertencias de las comunidades atacameñas, realizó una perforación que estuvo a punto de acabar con la vida del campo de géiseres, produciendo un escape de vapor y agua que alcanzó los 60 metros de altura.
Llegamos a San Pedro al mediodía y después de ducharnos y comer (arroz a la cubana preparado por Itziar y Paul), nos echamos una merecida siesta.
Al atardecer salimos dirección a las termas de Puripobre. Recorremos peligrosos caminos de tierra con la Cucaracha y el Supercoche y llegamos a una quebrada donde aparcamos. Bajamos hasta un cañón donde fluye un río de aguas termales, formando pequeñas gorjas. Se esta poniendo el sol. Encontramos restos de fogata, así que recogemos arbustos espinosos y lo poco que encontramos para encender una pequeña fogata-humareda. Algunos no dejamos escapar la oportunidad de bañarnos en una gorja bajo la noche, para después calentarnos al fuego. Cenamos unos bocadillos y nos tumbamos a mirar las estrellas.
Desayunamos de nuevo en el Bar Coyote, dónde van a alquilarnos unas bicis. Después de los preparativos que retrasan como siempre nuestra salida, nos montamos y salimos a la excursión en bicicleta, a lo verano azul.
Después de algún río más, llegamos a la entrada de la Garganta del Diablo, un cañón que se extiende atravesando una zona de badlans de sal. Recorremos alucinados las profundidades del cañón, a lo Indiana Jones. Después de un largo trecho llegamos a una cuesta pedregosa donde acaba el camino. Hacemos un refrigerio con agua, fruta y crema solar; y nos damos una vuelta por la zona. Nick y yo subimos a lo alto de un cerro, de rocas afiladas, des de donde podemos admirar el paisaje de badlands, el horizonte del desierto y a lo lejos el volcán Licancabur.
Volvemos a casa donde cenamos ensalada de pasta y croquetas de arroz preparadas por Eva, regado con un poco de Jote (calimocho, el refresco de la juventud) para celebrar la última noche.
Nos levantamos pronto y desayunamos en el mismo hostal. Como siempre los preparativos retrasan nuestra salida, pero conseguimos llegar al Valle de la Luna pronto. Allí paramos a recorrer un trecho por una escarpada quebrada de cristales de sal, y penetramos en algunas grutas con interesantes espeleotemas formados por la disolución de la sal.
Así que seguimos el viaje de vuelta, pasando por los parajes que a la ida habíamos visto sólo de noche. El paisaje es un desierto propio de una distopia post-apocalíptica, con pequeñas ciudades industriales que se alzan al fondo del horizonte como monstruos futuristas, y que al atravesarlas nos sumergimos en nubes de polvo y arsénico (usado para limpiar los metales que se extraen en la zona). Circular por la rectísima carretera en este paisaje nos sugiere evocaciones de algún western futurista, a lo Mad Max.
Diana llama para reservar un hostal en Caldera, un pequeño pueblo de puerto, a mitad de camino; gracias a sus habilidades para regatear conseguimos un buen precio.
Llegamos a Caldera tarde y cansados. Compramos algo de cena y llegamos al hostal. Descubrimos que el bajo precio se ajusta a las condiciones del lugar. Nos espera una larga noche de pesadilla, acechados por arañas del rincón que tienen su guarida tras los numerosos cuadros descoloridos de estética kitsch.
El último día conseguimos levantarnos temprano, compramos el desayuno. La dueña del hostal nos ofrece amablemente café y té en una agradable mesa de aspecto familiar; pero antes de marcharnos nos clava por la espalda, a quemarropa, una cuantiosa factura por el "desayuno".
Nos dirigimos a la Playa de Caldera, aunque el día no acompaña. Paramos en el puerto donde podemos admirar una preciosa bahía: con un puerto industrial, una pasarela gigantesca para cargar hierro, barcos pesqueros, la puntiaguda iglesia de fondo; un perfecto paisaje de aldea de puerto decadente. Nick recuerda sus épocas de modelo.
Vamos bien de tiempo, llegamos a Copiapó y paramos a comprar provisiones para el viaje. Al salir del supermercado, una manifestación de profesores colapsa el tránsito y nos impide salir de la ciudad, pero lo tomamos con optimismo y charlamos con los manifestantes, parece ser que es un día nacional de lucha de los funcionarios públicos: educación, sanidad... Cuando la manifestación nos lo permite, salimos del barullo, pero unos carabineros con pocas luces están cortando el tráfico más allá. Intentamos preguntarles como seguir al sur, pero la complicada tarea de desviar el tráfico les impide pensar a la vez una respuesta. Finalmente, logramos salir de Copiapó con un par de horas de retraso.
Seguimos el viaje, paramos a comer en algún bar de carretera y más tarde hacemos una parada cerca del Parque Eólico Canela.En El Punto nos espera una cálida acogida, que acaba en salida de fiesta, a pesar de estar hechos polvo, para acabar de rematar el viaje.
El síndrome post-viaje se hace notar los días siguientes: vuelta a la ciudad, a la rutina; de la carretera con destino desconocido a las aceras sucias de Santiago; de la vida nómada al sedentarismo; la añoranza de los compañeros de viaje…
Las vivencias del viaje se diluyen en en el olvido y solo nos quedan recuerdos, imágenes, sombras, sensaciones vagas que tratamos de salvar dotándolas de algún sentido personal.
(Es un partidón! JAJAJAJA)



